Los ERE no son para las pymes: demasiado tiempo y dinero

Ángeles Caballero

Desde hace demasiado tiempo, muchas de las noticias que aparecen en la sección de economía de los periódicos se parecen a éstas: “Una pyme de Zaragoza presenta un ERE por el parón de Mercedes Benz” o “Tres pymes de Vitoria piden ERE para 60 operarios”.

El término Expediente de Regulación de Empleo se ha convertido en habitual en estos meses de crisis, pero… ¿cómo se ejecuta en una pyme? ¿Es una fórmula habitual o existen otros atajos para soltar lastre y vadear las dificultades?

Aunque suene un poco frío, el ERE es cuestión de números, tanto los que indican el de los trabajadores afectados como los costes económicos que suponen los despidos. En primer lugar, para hablar de ERE el ajuste tiene que afectar al menos a 10 empleados en empresas de menos de cien trabajadores, o al 10% de la plantilla cuando la empresa tiene entre cien y 300 empleados.

Antonio Gómez de Enterría, vicepresidente de Sagardoy Abogados, explica: “Las diferencias entre un despido objetivo y un ERE es que, en el primero, es el empresario el que extingue los contratos y se somete al control judicial posterior de los afectados, mientras que en el ERE se puede hacer siempre que la Administración de la que dependa lo apruebe”.

Dentro de la tramitación del ERE, hay diferencias entre pymes y grandes empresas, tal y como apunta Gómez de Enterría. Esos matices aparecen en el cuadro adjunto.

Tiempo y papeleo

Pero nadie dijo que pasar de la teoría a la práctica fuera fácil. De hecho, Silvia Bauzá, socia del Área de Laboral de Gómez-Acebo, considera que “los ERE no se aplican en las pymes. El procedimiento es bastante farragoso, por lo que se llega a acuerdos individuales con los trabajadores“.

Coincide con ella Ángel Colomina, director general de la Fundación Incyde. “A una pyme le da miedo enfrentarse a un ERE. No es un instrumento hecho para las empresas pequeñas”, dice.

Precisamente en esos problemas incide Eduardo Navarro, presidente de la consultora Improven. “Aplicar un ERE sólo tiene sentido si la empresa tiene cierto tamaño. Por mi experiencia, creo que estamos en un país donde los despidos son tan caros, que los costes del ERE pueden llevarse a una empresa por delante“, declara.

De costes sabe mucho, por desgracia, Trino Soriano. Es gerente de Utiform Technologies, una pyme con sede en Alicante que fabrica maquinaria para la construcción. Desde 2007, la crisis ha hecho mella en la plantilla de la empresa y han pasado de 100 empleados a 25. “Cada tres meses he tenido que despedir a nueve personas. Y llevo gastados más de 400.000 euros sólo en costes de despidos. En algunos casos, hemos tenido ayudas del Fogasa, pero aun así es brutal”. Como brutal es, dice, la desmotivación de los que aún resisten.

Demasiada burocracia, formalidad, exige mucho tiempo… motivos que echan para atrás a los que hay que sumar las cotizaciones a la Seguridad Social. “De alguna manera, la ley y la tramitación estimulan el fraude, porque llevan al empresario a pactar con el trabajador otras fórmulas con condiciones algo más ventajosas. Además, es sensato que lo haga”, dice Gómez de Enterría.

Otra incoherencia es que hay pequeños y medianos empresarios que podrían modificar condiciones para vadear la crisis, y eso les estimularía para continuar. “Al final es más fácil despedir que cambiar una condición”, señala.

Cóctel explosivo

Aun así, el cóctel que mezcla ingredientes como lo emocional y lo económico siempre tiene resultados explosivos. Trino Soriano cuenta una situación que se repite en su empresa desde hace años: “Tenemos impagos, nos cierran pólizas de crédito, no hay liquidez… y a esto hay que añadir que la gente se rebota. Y claro, no aceptan 20 días por despido”.

Soriano lucha por motivar a los empleados que quedan y ha optado por buscar un socio inversor para que al ampliar capital les permita negociar con los bancos. La medida más urgente para seguir entregando pedidos a tiempo. Aunque no quiere saber nada de capital riesgo. “Nunca han hecho caso a las pymes, y menos ahora a las de mi sector”, cuenta.

Tampoco el concurso de acreedores está entre sus planes. “A veces es la fórmula que muchos utilizan. Así se salva el patrimonio del empresario, y el que venga atrás que arree. Pero es que en este caso se trata de mi familia, de mi apellido. Prefiero cerrarlo todo y morir con las botas puestas”.

Fuente: eleconomista.es

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